¿Por qué escribí “LA BASE”?
Viví un punto de inflexión duro.
Uno de esos que te rompen lo suficiente como para tener que parar y mirarte de verdad.
Fue ahí cuando comencé un proceso terapéutico basado en la psicología científica, que me cambió la forma de entender la vida, las emociones y a mí mismo.
Durante ese proceso, empecé a escribir. No con la idea de hacer un libro, sino como una forma de comprender. Anotaba frases, ideas, pensamientos, aprendizajes que me ayudaban a ordenar todo lo que estaba viviendo. Era mi manera de bajar a tierra lo invisible.
Con el tiempo, esas notas se convirtieron en algo más. Me di cuenta de que lo que estaba escribiendo no solo me servía en ese momento de mi vida, sino que eran aprendizajes que me habría encantado tener mucho antes: cuando iba al colegio, al instituto, cuando tenía 14, 20 o 30 años. Lecciones que habrían hecho más llevaderas muchos momentos de mi vida, y que ojalá alguien me hubiera contado.
Así nació LA BASE.
Como una herramienta para compartir, no para enseñar.
Como una forma de dejar por escrito todo aquello que aprendí en terapia y que, de algún modo, me devolvió a mí mismo.
Escribirlo fue, y sigue siendo, una forma de comprensión. Pero también un recordatorio. Cada página me recuerda cómo quiero vivir, qué quiero cuidar y quién no quiero volver a ser.
Si el libro puede servirle a alguien, entonces habrá cumplido su propósito.
Pero, sobre todo, me lo sigue cumpliendo a mí cada día.
No escribí La Base para enseñar nada.
Lo escribí para aprender a vivir mejor.
De lo que de verdad me acuerdo después de 10 años como manager de Arkano
Han pasado diez años desde que empecé a trabajar con Guille (Arkano). Ha sido un camino increíble.
Un camino exigente, pero muy enriquecedor y por el que estoy muy agradecido porque me ha dado la oportunidad de desarrollar distintas áreas: la creativa, estratégica, la logística, la financiera.…
Estos años he podido estar en proyectos muy diferentes: hemos publicado discos, hemos hecho giras, campañas con marcas e instituciones, acciones con enfoque social y educativo, colaboraciones en televisión y proyectos únicos como el Récord Guinness de improvisación, que aún recuerdo con una emoción enorme.
Pero, con todo eso, no es lo que más recuerdo.
De lo que más me acuerdo, y probablemente de lo que me acordaré cuando sea viejo, es de los momentos vividos con las personas. Y en especial, con Guille.
Después de tanto tiempo, lo considero mucho más que un artista: es el hermano pequeño que nunca tuve. Intento ejercer con él ese papel, aunque su madurez muchas veces haga que los roles se intercambien. Con él he tenido conversaciones profundas sobre la vida, el amor, la salud mental, los miedos… y también me he reído como pocas veces me he reído en mi vida. Recuerdo los viajes, algunos días duros que salvamos con humor, los retos físicos y mentales que el trabajo nos ha puesto por delante y cómo los hemos sacado adelante juntos.
Y recuerdo a la gente que hemos conocido en toda España y Latinoamérica, que nos ha hecho los viajes mucho más bonitos.
Todo eso me ha dejado una lección clara: lo importante no son los hitos, ni los escenarios, ni los focos. Lo importante son las personas, lo compartido. Y eso es algo que intento aplicar en el resto de mi vida. Ahora sigo trabajando con Guille, entreno a un equipo de fútbol de niños, compito en pádel… y, más allá de los resultados, lo que quiero es seguir rodeándome de gente y experiencias que me llenen, que me hagan sentir vivo, que me recuerden por qué hago las cosas.
Al final, eso es lo que me llevo de estos años.
No los logros, sino cómo los vivimos.
Una Vida, una Huella
Cuentan que había un pueblo rodeado por dunas de arena suave y que, a lo largo de los años, de tanto caminar, habían formado un camino estable y cómodo que conectaba al pueblo con la civilización. El sendero se había aplanado gracias a las miles de personas que alguna vez pasaron por él.
Un día, un joven intuyó que el camino era más largo de lo necesario y que, si tomaba otra ruta, podría ahorrar energía y descubrir nuevos horizontes. Intentó convencer al pueblo de su idea, pero nadie lo escuchó. Decía que, si todos caminaban por esa nueva ruta, ahorrarían tiempo y esfuerzo. Aun así, no le hicieron caso. Le preguntaban por qué cambiar el camino si aquel había funcionado tantos años “sin problemas”. Así que continuaron usando el mismo.
El joven, decidido, empezó a probar su teoría y a andar por su nueva ruta. Al principio fue muy difícil: la arena estaba blanda, no conocía el camino y tardaba casi el doble que antes. La gente del pueblo se reía de él, pero él continuó caminando. Después de un mes, su camino ya estaba aplanado y sólido. Cada vez tardaba menos en hacer la travesía.
Se empezó a comentar que el joven necesitaba la mitad del tiempo. Algunas personas notables del pueblo decidieron probarlo y, poco a poco, muchos lo siguieron. Tres meses después, todo el pueblo utilizaba la nueva ruta y había olvidado la anterior. Con el uso, la nueva senda se amplió y endureció, mientras la antigua se cubría de arena, borrando la evidencia de que algún día existió.
Durante mucho tiempo pensé que lo importante era destacar.
Ser el mejor, avanzar más rápido, hacer más cosas, llegar más lejos.
Hasta que entendí que no se trata de eso.
La vida no va de ser el número uno.
Va de ser tú, de dejar una huella que tenga sentido para ti, aunque nadie más la entienda.
A veces creemos que dejar huella significa impactar al mundo, inspirar a miles de personas o construir algo enorme. Pero la huella más valiosa no siempre es la que se ve desde fuera. A veces es la que dejas dentro de ti mismo, cuando decides hacer las cosas de una forma diferente, aunque nadie lo esté mirando.
Cada reto que enfrentas, cada error que asumes, cada conversación que te remueve o cada cambio que te obliga a empezar de nuevo va moldeando tu propio camino. No hay dos iguales.
La huella no es la meta: es el resultado de andar a tu manera.
De atreverte a probar, aunque salga mal.
De cambiar de dirección cuando algo ya no te representa. De seguir aprendiendo.
Empecé estudiando Ingeniería en Telecomunicaciones, más por las salidas laborales que por vocación. Después me adentré en el marketing creando una agencia, di el salto a la representación artística, impulsé una app de salud mental… y, en paralelo, me fui permitiendo explorar cosas que siempre me habían llamado desde pequeño: ser DJ, dirigir y participar en videoclips, o subirme a un escenario junto a Arkano a cantar delante de miles de personas, simplemente por vivir la experiencia, vídeo que no comparto aquí, porque me da un poco de vergüenza 🤪
No todo ha salido bien pero, y esto lo digo con la mano en el corazón, no me arrepiento de nada, porque siempre he intentado guiarme por motivación y no por necesidad y, así seguirá siendo porque, como me decía un compañero del fútbol: ESTO EMPIEZA AHORA
Cada etapa enseña y al mirar atrás, entiendo que esa mezcla de aciertos, tropiezos, dudas y aprendizajes es lo que define mi camino: Mi huella.
No eres único porque destaques en algo concreto.
Eres único porque nadie más ha sido tú, con tu historia, tus miedos, tus contradicciones y tu forma de mirar el mundo.
Una vida, una huella.
No por grandeza, sino por verdad.








