Han pasado diez años desde que empecé a trabajar con Guille (Arkano). Ha sido un camino increíble.

Un camino exigente, pero muy enriquecedor y por el que estoy muy agradecido porque me ha dado la oportunidad de desarrollar distintas áreas: la creativa, estratégica, la logística, la financiera.… 

Estos años he podido estar en proyectos muy diferentes: hemos publicado discos, hemos hecho giras, campañas con marcas e instituciones, acciones con enfoque social y educativo, colaboraciones en televisión y proyectos únicos como el Récord Guinness de improvisación, que aún recuerdo con una emoción enorme.

Pero, con todo eso, no es lo que más recuerdo.
De lo que más me acuerdo, y probablemente de lo que me acordaré cuando sea viejo, es de los momentos vividos con las personas. Y en especial, con Guille.

Después de tanto tiempo, lo considero mucho más que un artista: es el hermano pequeño que nunca tuve. Intento ejercer con él ese papel, aunque su madurez muchas veces haga que los roles se intercambien. Con él he tenido conversaciones profundas sobre la vida, el amor, la salud mental, los miedos… y también me he reído como pocas veces me he reído en mi vida. Recuerdo los viajes, algunos días duros que salvamos con humor, los retos físicos y mentales que el trabajo nos ha puesto por delante y cómo los hemos sacado adelante juntos.

Y recuerdo a la gente que hemos conocido en toda España y Latinoamérica, que nos ha hecho los viajes mucho más bonitos.

Todo eso me ha dejado una lección clara: lo importante no son los hitos, ni los escenarios, ni los focos. Lo importante son las personas, lo compartido. Y eso es algo que intento aplicar en el resto de mi vida. Ahora sigo trabajando con Guille, entreno a un equipo de fútbol de niños, compito en pádel… y, más allá de los resultados, lo que quiero es seguir rodeándome de gente y experiencias que me llenen, que me hagan sentir vivo, que me recuerden por qué hago las cosas.

Al final, eso es lo que me llevo de estos años.
No los logros, sino cómo los vivimos.