Viví un punto de inflexión duro.
Uno de esos que te rompen lo suficiente como para tener que parar y mirarte de verdad.
Fue ahí cuando comencé un proceso terapéutico basado en la psicología científica, que me cambió la forma de entender la vida, las emociones y a mí mismo.

Durante ese proceso, empecé a escribir. No con la idea de hacer un libro, sino como una forma de comprender. Anotaba frases, ideas, pensamientos, aprendizajes que me ayudaban a ordenar todo lo que estaba viviendo. Era mi manera de bajar a tierra lo invisible.
Con el tiempo, esas notas se convirtieron en algo más. Me di cuenta de que lo que estaba escribiendo no solo me servía en ese momento de mi vida, sino que eran aprendizajes que me habría encantado tener mucho antes: cuando iba al colegio, al instituto, cuando tenía 14, 20 o 30 años. Lecciones que habrían hecho más llevaderas muchos momentos de mi vida, y que ojalá alguien me hubiera contado.
Así nació LA BASE.
Como una herramienta para compartir, no para enseñar.
Como una forma de dejar por escrito todo aquello que aprendí en terapia y que, de algún modo, me devolvió a mí mismo.
Escribirlo fue, y sigue siendo, una forma de comprensión. Pero también un recordatorio. Cada página me recuerda cómo quiero vivir, qué quiero cuidar y quién no quiero volver a ser.
Si el libro puede servirle a alguien, entonces habrá cumplido su propósito.
Pero, sobre todo, me lo sigue cumpliendo a mí cada día.
No escribí La Base para enseñar nada.
Lo escribí para aprender a vivir mejor.

